Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues suponéis malamente.
—Dejadme pasar.
—No pasaréis.
—Voy a estrellaros el cráneo. ¡Lubin!, mis pistolas.
—Planchet —dijo D’Artagnan—, torna por tu cuenta al lacayo, yo me encargo del amo.
El criado de D’Artagnan, enardecido por su primera hazaña, se echó sobre Lubin, y como era fuerte y robusto, lo derribó de espaldas y le puso una rodilla sobre el pecho.
—Despachad vos, mi amo —dijo Planchet—, yo ya estoy listo.
Al ver lo que pasaba, el hidalgo desenvainó y se abalanzó sobre D’Artagnan; pero en manos estaba el pandero que le sabÃan tocar.
En tres segundos nuestro gascón dio otras tantas estocadas a su adversario, diciendo a cada una de ellas: «Esta por Porthos, esta por Athos, esta por Aramis».
Al tercer pinchazo, el hidalgo cayó como un tronco. D’Artagnan, que tuvo por muerto, o por lo menos por desmayado a su contrincante, se agachó para tomarle el disputado documento; mas en el instante en que tendÃa la mano para registrarlo, el herido, que no habÃa soltado su espada, le tiró una estocada al pecho, diciendo:
—Esta para vos.