Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Y esta por mí, las buenas se reservan para el final —exclamó D’Artagnan hecho una furia y clavando literalmente en el suelo a su adversario de una cuarta estocada en el vientre.
Ahora el hidalgo cerró los ojos y se desmayó.
D’Artagnan metió la mano en la faltriquera donde había notado que el hidalgo se guardara el pase, lo tomó, y vio que estaba extendido a nombre del conde de Wardes.
Luego lanzó una última mirada a aquel gallardo joven, que apenas tenía veinticinco años, y al que dejaba allí tendido, privado de conocimiento y tal vez de vida, y exhaló un suspiro, arrancado por el sino fatal que lleva a los hombres a exterminarse mutuamente en pro de gentes que les son extrañas y que a menudo ni siquiera saben si ellos existen.
Pero pronto le desvió de sus reflexiones Lubin, que daba cada aullido y cada voz pidiendo socorro que hacía retemblar el bosque.
—Señor —dijo Planchet a D’Artagnan, mientras con los dedos oprimía la garganta del lacayo de Wardes—, en tanto lo mantenga atornillado de esta suerte no gritará, os lo garantizo; pero en cuanto lo suelte, va a empezar de nuevo. Huelo que es normando, y los normandos son testarudos.
En efecto, pese a la presión de los dedos de Planchet, Lubin intentaba aún articular algunas palabras.