Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Aguarda —dijo D’Artagnan, amordazando a Lubin con su pañuelo.
—Ahora atémosle a un árbol —repuso Planchet.
Puesto en obra y con toda conciencia el consejo del picardo, este y su amo trasladaron el cuerpo del conde de Wardes junto a Lubin; y como empezaba a anochecer y el agarrotado y el herido estaban algo internados en el bosque, era evidente que allà se quedarÃan hasta el dÃa siguiente.
—Ahora —dijo D’Artagnan—, a casa del capitán del puerto.
—Me parece que estáis herido, señor —dijo Planchet.
—No es nada; ocupémonos de lo que urge, luego ya hablaremos de la herida, que, por lo demás, no tengo por muy peligrosa.
Se encaminaron a toda prisa amo y criado a casa del capitán del puerto, cuando llegaron se anunció al conde de Wardes, y D’Artagnan fue introducido.
—¿Traéis una orden firmada de m. el cardenal? —preguntó el capitán.
—Aquà la tiene —respondió el gascón.
—Está en regla y bien recomendada.
—No es de admirar —repuso D’Artagnan—, soy uno de los más fieles servidores de monseñor.
—Parece que su eminencia tiene empeño en que alguien no llegue a Inglaterra.