Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El posadero, que tenía toda la catadura de un bonachón, recibió a los viajeros con una palmatoria en una mano y su gorro de algodón en la otra, y se empeñó en alojarlos en sendos, limpios y cómodos cuartos; por desgracia, uno de los cuartos estaba en un extremo de la posada, y en la extremidad opuesta, el otro. D’Artagnan y Athos no lo admitieron; el posadero replicó que no había otros aposentos dignos de sus excelencias; aquellos objetaron que pasarían la noche en el comedor, acostados en sendos colchones, tendidos en el suelo; insistió el posadero; los dos amigos se mantuvieron firmes, y no pudo sino acceder a lo que estos quisieron.

Apenas Athos y D’Artagnan acababan de disponer su cama y de atrancar por la parte de adentro la puerta, cuando oyeron unos golpes en el postigo que daba al patio.

—¿Quién hay? —preguntaron Athos y D’Artagnan.

—Somos nosotros —respondieron los llamadores.

—Son Grimaud y Planchet —dijo Athos, conociendo la voz de los lacayos y abriendo.

—Para vigilar los caballos Grimaud basta —dijo Planchet—; yo, si vuestras mercedes me dan su licencia, me acostaré a su puerta y de esta manera estarán seguros de no verse molestados por persona alguna.

—¿Y sobre qué vas a acostarte? —preguntó D’Artagnan.


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