Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Los tres amigos siguieron galopando todavía por espacio de dos horas, por más que los corceles estaban fatigados hasta tal extremo que era de temer que pronto se negaran a prestar servicio.

Athos, D’Artagnan y Aramis habían tomado a campo travieso, con la confianza de que así se verían menos molestados; poro al llegar a Crèvecœur, el mosquetero teólogo declaró que le era imposible ir más allá. En efecto, había sido menester todo el valor que Aramis escondía bajo su forma elegante y sus modales corteses para llegar hasta donde llegara. A cada paso palidecía, y sus compañeros se veían constreñidos a sostenerlo sobre su caballo. Lo dejaron, pues, en un figón junto con Bazin, que, por otra parte, en una escaramuza no servía más que de estorbo, y anudaron la marcha contando pasar la noche en Amiens.

—¡Maldita sea! —dijo Athos, cuando estuvieron nuevamente en camino, reducidos a dos amos a Grimaud y a Planchet—. No volverán a engañarme; os respondo que hasta Calais no me harán abrir el pico ni desnudar la espada. Lo juro…

—No juremos —replicó D’Artagnan—, galopemos, si todavía lo consienten nuestros caballos.

Los viajeros espolearon a sus corceles, que estimulados de tal suerte hallaron nuevas fuerzas. A medianoche llegaron a Amiens los expedicionarios y se alojaron en la posada del Lis d’Or.


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