Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El cual no perdió el tiempo en cumplidos excusados, sino que sencillamente dio las gracias al capitán, le hizo una reverencia y partió.
Cuando, después de haber dado un gran rodeo para evitar el paso por el bosque, entraron en Calais por otra puerta, y llegaron al puerto, D’Artagnan y Planchet encontraron al patrón de marras que les estaba aguardando.
—¿Qué hay? —preguntó el marino al ver a D’Artagnan.
—Aquí está mi pasaporte visado —respondió el gascón.
—¿Y el otro hidalgo?
—No parte hoy, pero tranquilizaos, pago el pasaje por él y por mí.
—En este caso, partamos —dijo el patrón.
—Partamos —repitió D’Artagnan, saltando con Planchet en el bote.
Cinco minutos después estaban a bordo.
Justo a tiempo, pues no habían aún navegado media legua cuando D’Artagnan vio brillar un fogonazo y oyó un estampido.
Era el cañonazo que anunciaba el cierre del puerto.