Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ya era hora de que D’Artagnan se ocupara de su herida; por fortuna, y como él presumiera, la estocada no ofrecÃa peligro; la punta de la espada del conde de Wardes habÃa dado en una costilla y resbalado a lo largo del hueso; además, la camisa se habÃa pegado a la llaga, de la que apenas brotaba sangre.
D’Artagnan, quebrantado de fatiga, se echó y durmió en un colchón que tendieron en cubierta para él, y cuando al amanecer el dÃa siguiente abrió los ojos, se encontró únicamente a tres o cuatro leguas de las costas de Inglaterra, adonde ya habrÃa llegado si durante la noche hubiera soplado una brisa más fuerte.
A las diez la embarcación tiraba el ancla en el puerto de Douvres, y media hora después D’Artagnan pisó tierra inglesa, exclamando al mismo tiempo:
—¡Por fin!
Pero todavÃa faltaba llegar a Londres.
En Inglaterra, el servicio de postas era bastante bueno. D’Artagnan y Planchet montaron en sendas jacas y, precedidos de un postillón, cuatro horas después llegaron a las puertas de la capital.
D’Artagnan no conocÃa Londres ni sabia una palabra de inglés; pero le bastó escribir en un papel el nombre del duque de Buckingham para que le dijeran donde vivÃa el duque.
Este se encontraba en Windsor, cazando con el rey.