Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—«Adelante»: es el santo y seña. El posadero os proporcionará un caballo ensillado y os indicará el camino que debéis seguir, en el cual hallaréis cuatro relevos. Si en cada uno de los relevos os place dar las señas de vuestra casa de París, os seguirán allá los cuatro caballos, dos de los cuales ya los conocéis, y, a mi parecer, los apreciasteis como perito en la materia: son los que vos y yo montamos el otro día; los otros dos no les irán en zaga, os lo aseguro. Los cuatro están equipados para la guerra. El fin justifica los medios, como decís los franceses, ¿no es así?

—Así es, milord; acepto —dijo D’Artagnan—, y si Dios lo permite, haremos buen uso de vuestros presentes.

—Ahora vuestra mano —profirió Buckingham—; puede que antes de poco volvamos a vernos en el campo de batalla; pero, entretanto, espero que nos separaremos como buenos amigos.

—Sí, milord, pero con la esperanza de convertirnos pronto en enemigos —repuso D’Artagnan.

—No temáis, os lo prometo.

—Confío en vuestra palabra, milord.

D’Artagnan saludó al duque, salió apresuradamente y, al llegar frente a la Torre de Londres, encontró el buque designado, y entregó su carta al capitán, que la hizo visar por el gobernador del puerto, y aparejó al punto.


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