Los Tres Mosqueteros

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El rey, antes de entrar en el gabinete, recomendó que le avisaran tan pronto llegara el cardenal.

Media hora después de haber entrado Luis XIII, se oyeron nuevas aclamaciones, anuncio de la llegada de la reina, que fue recibida por los ediles con las mismas ceremonias que lo fuera su esposo.

Ana de Austria entró en la sala, donde todos pudieron ver que, como él rey, estaba, al parecer, triste y, sobre todo, fatigada.

En el instante en que la reina puso los pies en la sala, se abrió la cortina de una pequeña tribuna que hasta entonces permaneciera cerrada, y por ella apareció la pálida cabeza del cardenal, que iba vestido de caballero español. Richelieu fijó los ojos en los de la reina y por sus labios vagó una sonrisa de gozo terrible: Ana de Austria no lucía sus herretes.

La reina empleó algunos instantes en recibir los cumplimientos de los ediles y en contestar a los saludos de las damas.

De improvisó aparecieron a una de las puertas de la sala el rey y el cardenal; el primero, pálido hasta más no poder, escuchaba lo que en voz queda le estaba diciendo su primer ministro.

Luis XIII se abrió paso entre los concurrentes, sin antifaz, con los lazos de su jubón apenas anudados, se acercó a su esposa y le dijo con alterado acento:


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