Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Señora, ¿me haréis la merced de decirme por qué no lucÃs vuestros herretes de diamantes, cuando os consta que me hubiera halagado veros adornada con ellos?
La reina tendió en torno de sà la mirada, y vio a su espalda al cardenal, que estaba sonriendo diabólicamente.
—Señor —respondió Ana de Austria con voz turbada—, no me los he puesto porque he temido que en medio de tan numerosa concurrencia se me extraviase alguno.
—Pues habéis hecho mal, señora; os los di para que os engalanarais con ellos —repuso el rey con voz trémula de cólera.
Los circunstantes miraban y escuchaban con extrañeza, sin comprender palabra de lo que estaba pasando.
—Señor —profirió la reina—, los herretes los tengo en el Louvre, y puedo enviar por ellos para cumplir los deseos de vuestra majestad.
—Enviad, pues, señora, y cuanto antes mejor, porque dentro de una hora va a empezar el baile.
Ana de Austria se inclinó en señal de sumisión, y siguió a las damas que debÃan conducirla al gabinete.
El rey, por su parte, se encaminó al suyo.