Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Medianoche era por filo cuando resonaron grandes aclamaciones: era el rey, que avanzaba a través de las calles que conducían del Louvre a las casas consistoriales, y que estaban iluminadas con linternas de colores.

Inmediatamente los ediles, envueltos en granallas de paño y precedidos de seis sargentos con sendas antorchas en la mano, se adelantaron a recibir al rey, a quien encontraron en la escalinata, donde el preboste de los mercaderes le estaba dando la bienvenida; cumplido al cual su majestad respondió excusando su tardanza y echando la culpa de ella a Richelieu, que lo retuviera hasta las once para hablar de asuntos del Estado.

Su majestad ostentaba traje de ceremonia e iba acompañado de su alteza real su hermano, del conde de Soissons, el gran prior, los duques de Longueville y de Elbeuf, los condes de Harcourt, de La Roche-Guyon y de Cramail, m. de Liancourt y m. de Baradas, y el caballero de Souveray.

Todos advirtieron que el rey estaba triste y preocupado. En uno de cada dos gabinetes dispuestos respectivamente para el rey y para su alteza real, había disfraces, como los había también en los gabinetes que para Ana de Austria y mm. la presidenta se prepararan. Los señores y las damas del séquito de sus majestades debían vestirse de dos en dos en piezas arregladas a ese propósito.


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