Los Tres Mosqueteros

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A las diez de la mañana, m. de La Coste, portaestandarte de los guardias del rey, seguido de dos exentos y de un pelotón de arqueros del cuerpo, vino a pedir al escribano de la ciudad, Clément, todas las llaves de las puertas, aposentos y oficinas de las casas consistoriales, llaves que fueron entregadas enseguida, y cada una de ellas provista de un rótulo que indicaba su aplicación. Desde aquel instante, m. de La Coste quedó encargado de la custodia de todas las puertas y pasos. A las once compareció Duhallier, capitán de los guardias, con cincuenta arqueros que fueron a colocarse de centinelas en las puertas que se les designaron. A las tres de la tarde llegaron dos compañías de los guardias, francesa la una y suiza la otra, y la primera compuesta por mitad de soldados de m. de Duhallier y de soldados de m. Des Essarts.

A eso de las seis de la tarde empezaron a llegar los convidados, los cuales, a medida que iban entrando, tomaban sitio en los tablados construidos a tal efecto en la sala grande. A las nueve llegó la primera presidenta y, como después de la reina, era la dama más importante de la fiesta, fue recibida por los ediles y conducida a un palco frontero del que estaba destinado a la soberana. A las diez prepararon la colación de confituras para el rey, en la salita que miraba a la iglesia de Saint-Jean y hacía frente al aparador de plata de la ciudad, custodiado por cuatro arqueros.


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