Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros M. de Tréville habÃa aprovechado aquella poderosa palanca, ante todo en favor del rey y de los amigos de este, y luego en beneficio propio y de sus amigos. Por lo demás, en ninguna de las memorias de aquel tiempo, que ha dejado tantas, aparece que aquel cumplido caballero hubiese sido acusado, ni aun por sus enemigos, que los tenÃa, asà entre los hombres de pluma como entre los que ceñÃan espada; en ninguna parte, decimos, aparece que aquel cumplido caballero hubiese sido acusado de hacerse pagar la cooperación de sus secuaces. No obstante ser intrigante como el que más, supo conservarse digno. Es más, a pesar de la derrengadura que en sà llevan el continuo manejo de la espada y la fatiga inherente a los ejercicios penosos, fue galanteador bizarrÃsimo, pisaverde elegante y uno de los más sutiles culteranos de su tiempo; se hablaba de los amorÃos de Tréville, como veinte años antes se hablara de los de Bassompierre, que no es poco decir. El capitán de los mosqueteros era, pues, admirado, temido y estimado, lo cual constituye el súmmum de la grandeza humana.