Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —En el mismo sitio donde la he hallado. No es natural que las cartas entren de esta suerte en las casas. Si la ventana hubiese estado abierta, o entreabierta, aún; pero todo estaba herméticamente cerrado. Idos con tiento, mi amo, porque el lance me huele a cosa de magia.
D’Artagnan entró disparado en su dormitorio y abrió la carta, que era de la mercera y decÃa asÃ:
Hay quien tiene que daros y trasmitiros las más encarecidas gracias. Hallaos esta noche a las diez en Saint-Cloud, frente al pabellón que forma la esquina de la casa de m. de Estrées.
C. B.
Al leer esta carta, a D’Artagnan se le dilató y se le encogió el corazón con el suave espasmo que atormenta y acaricia al de los amantes. Era, aquel, el primer billete que el mozo recibÃa, aquella la cita primera que le otorgaban; asà es que, casi sofocado por la embriaguez de la alegrÃa, a poco estuvo de perder el aliento a la puerta del paraÃso terrenal que llamamos amor.
—¿Verdad que he adivinado, señor mi amo, que se trata de un asunto desagradable? —dijo Planchet, al ver que a D’Artagnan un color se le iba y otro se le venÃa.