Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Te engañas —respondió el gascón—, y en prueba de ello, ahà va un escudo para que bebas a mi salud.
—Gracias, señor, os prometo seguir puntualmente el consejo, pero eso no quita que las cartas que de esta suerte entran en las casas cerradas…
—Caigan del cielo, amigo mÃo.
—Entonces ¿estáis contento, mi amo?
—Soy el hombre más dichoso del mundo.
—Y decidme, ¿puedo aprovechar vuestra dicha para ir a acostarme?
—Ve.
—Dios derrame sobre vuestra merced todas sus bendiciones; pero lo que es la carta esa… —dijo Planchet, moviendo la cabeza a uno y otro lado con ademán de duda que la liberalidad de su amo no habÃa conseguido desvanecer del todo.
Una vez a solas, D’Artagnan leyó y releyó el billete, besó y volvió a besar aquellas lÃneas trazadas por su hermosa amante, y por último se acostó y soñó ángeles y serafines.
El joven guardia se levantó a las siete de la mañana y llamó a Planchet, el cual, al segundo llamamiento, abrió la puerta y se presentó a su amo con el rostro del que todavÃa no se habÃa borrado completamente la huella de sus zozobras de la vÃspera.