Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Oye —dijo D’Artagnan a su criado—, salgo para no volver quizás en todo el dÃa; por lo tanto, eres libre hasta las siete de la tarde; pero a las siete estate preparado con dos caballos.
—Por lo que se ve —repuso Planchet—, vamos otra vez a que nos pongan el cuerpo como una criba.
—Te pertrecharás con tu mosquetón y tus pistolas.
—¿No lo dije? —exclamó Planchet—. Esta ya me la tenÃa yo tragada; ¡maldita carta!
—Nada temas, botarate, no se trata más que de una partida de campo.
—SÃ, como el viaje de recreo del otro dÃa, en que las balas llovÃan como granizo y brotaban abrojos por todas partes.
—¡Será posible! ¿Acaso tienes miedo? —repuso D’Artagnan—; en este caso, me voy sin ti; prefiero viajar solo a llevar conmigo un cobarde.
—Me estáis injuriando, señor —dijo Planchet—, tanto más cuanto me habéis visto cumplir como bueno.
—Es verdad, pero no sé por qué se me antoja que gastaste de una vez todo tu valor.
—Cuando llegue la ocasión, mi amo verá si todavÃa me queda o no me queda; lo único que ruego a mi amo es que no lo prodigue en demasÃa, si quiere que me quede para mucho tiempo.