Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Crees que tienes aún bastante como para gastar un poquito esta noche?
—Tal espero.
—Pues cuento contigo.
—A las siete estaré preparado; pero yo creà que vuestra merced no tenÃa más que un caballo en las caballerizas de los guardias.
—Quizás a estas horas todavÃa no haya más que uno, pero a las siete de la tarde habrá cuatro.
—Cualquiera dirÃa que vamos a emprender un viaje de remonta.
—Lo has adivinado —dijo D’Artagnan, haciendo a Planchet una última señal de recomendación y marchándose.
El mercero estaba a la puerta de su casa, y aunque la intención de nuestro mozo era pasar de largo, le saludó aquel con ademán tan cariñoso y benigno, que D’Artagnan no pudo menos de corresponderle y aun de entablar conversación con él.
Por otra parte, ¿cómo no mostrarse un poco condescendiente con un marido cuya mujer le ha citado a uno para aquella noche misma en Saint-Cloud, frente al pabellón del m. de Estrées? D’Artagnan se acercó, pues, a Bonacieux con el rostro más amable.