Los Tres Mosqueteros

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La conversación recayó, como es de imaginar, sobre la prisión del pobre hombre. El mercero, que ignoraba que D’Artagnan hubiese oído lo que él y el fulano de Meung hablaran en aquel mismo aposento, refirió a su joven inquilino las persecuciones de las que fuera víctima por parte de aquel monstruo llamado Laffemas, al cual no cesó de calificar, durante su relato, de verdugo del cardenal, y se extendió largamente sobre la Bastille, los cerrojos, los postigos, los tragaluces y los instrumentos de tortura.

—¿Y sabéis vos quién arrebató a vuestra esposa? —preguntó D’Artagnan después de haber escuchado con ejemplar complacencia a su interlocutor—; os lo pregunto porque no olvido que a tan desagradable circunstancia debo la ventura de conoceros.

—¡Ah! —exclamó m. Bonacieux—, se han guardado mucho de decírmelo, y por su parte mi mujer me ha afirmado bajo juramento que no lo sabía. Pero ¿y vos? —continuó el mercero con acento de sencillez admirable—, ¿qué ha sido de vos durante esos días? Mucho hace que no os he visto ni a vos ni a vuestros amigos, y opino que no habéis recogido en las calles de París todo el polvo que Planchet estaba ayer quitando a vuestras botas.

—Decís bien, mi querido m. Bonacieux, mis amigos y yo hemos hecho un pequeño viaje.

—¿Muy lejos de aquí?


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