Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Unas cuarenta leguas tan sólo: fuimos a acompañar a Athos a los baños de Forges, donde se han quedado mis amigos.

—Y vos habéis regresado, ¿no es eso? —repuso el mercero, imprimiendo en su fisonomía un gesto de lo más malicioso—. Un mozo apuesto cual vos no obtiene largas licencias de su amante. ¿Conque os estaban aguardando con impaciencia en París?

—Por mi vida que sí —respondió D’Artagnan, riéndose—; y os lo declaro con tanto más gusto, cuanto veo que nada se os esconde. Sí, me estaban aguardando con suma impaciencia, os lo garantizo.

—Y por supuesto vais a recibir la recompensa de vuestra diligencia —profirió el mercero, por la frente del cual pasó una nube en la que D’Artagnan no reparó, y con voz ligeramente trémula, en la que tampoco se fijó el mozo.

—¡Ah, hipocritón! —dijo D’Artagnan, riéndose.

—No, únicamente os he dirigido tal pregunta para saber si regresaríais tarde —profirió el mercero.

—¿Y eso? —repuso D’Artagnan—; ¿os proponéis aguardarme?


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