Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No; lo que hay es que desde que me pusieron preso y después del robo cometido en mi casa, cada vez que oigo abrir la puerta, sobre todo de noche, se me eriza el cabello. ¡Qué le haremos! No soy hombre de armas tomar.
—Pues no os asuste si me recojo a la una, a las dos o las tres de la madrugada, y si no me recojo, tampoco.
Ahora Bonacieux se puso tan pálido, que D’Artagnan, que no pudo menos que advertirlo, le preguntó qué le pasaba.
—Nada —respondió el mercero—, padezco desfallecimientos que me asaltan prontamente, y acabo de sentir un escalofrÃo. No paréis la atención en esto, vos que no tenéis que ocuparos más que en ser dichoso.
—Pues lo soy, estoy ocupado.
—No os vayáis todavÃa; me habéis dicho que hasta esta noche…
—Ya llegará la noche, no temáis; y puede que vos la aguardéis con tanta impaciencia como yo, pues quizá mm. Bonacieux visite el domicilio conyugal.
—Mi mujer no tiene libre esta noche —repuso el mercero con voz grave—; el servicio la retiene en el Louvre.
—Peor para vos, mi querido casero; siendo como soy dichoso, querrÃa que también lo fuese todo el mundo; pero esto, al parecer, es imposible.