Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Y D’Artagnan se alejó, riéndose estrepitosamente de la broma, que solo él, a su ver, comprendÃa.
—¡DivertÃos mucho! —respondió Bonacieux con voz sepulcral.
Pero D’Artagnan estaba ya demasiado lejos para oÃrle, y aunque le hubiese oÃdo, es seguro que, dada la disposición de su espÃritu, no lo habrÃa notado.
Nuestro gascón se encaminó al palacio de m. de Tréville, a quien hiciera, el dÃa antes, una visita muy corta y muy poco explicativa.
M. de Tréville estaba henchido de gozo; y es que Luis XIII y Ana de Austria le habÃan colmado de atenciones en el baile, del que aquellos no se retiraron hasta las seis de la mañana.
—Ahora —dijo el capitán de mosqueteros, bajando la voz e interrogando con la mirada los rincones del aposento para cerciorarse de que no habÃa allà más que él y su interlocutor—, hablemos de vos, mi joven amigo: porque es evidente que vuestro feliz regreso ha contribuido poco o mucho a la alegrÃa del rey, al triunfo de la reina y a la humillación del cardenal, y es menester que andéis con pies de plomo.
—¡Qué! —respondió D’Artagnan—, ¿debo temer algo mientras me quepa la ventura de gozar del favor de sus majestades?