Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Todo, y yo soy quien os lo digo —repuso Tréville—. El cardenal no es hombre que olvide un chasco hasta que no haya ajustado sus cuentas con el burlador, que me parece a mà que no es otro que cierto gascón que yo me sé.
—¿Y vos creéis que el cardenal está tan al tanto como vos y sabe que soy yo quien he estado en Londres?
—¡Diantre! ¿En Londres habéis estado? ¿Y de allà habéis traÃdo ese hermoso diamante que brilla en vuestro dedo? Idos con tiento, mi querido D’Artagnan, mirad que suele acarrear disgustos todo regalo que proviene de manos de un enemigo. Me parece que sobre el particular hay un verso latino que dice… dice… ¡Caramba!, lo tengo en el pico de la lengua…
—Sà hay uno, desde luego —repuso D’Artagnan, que en su vida lograra comprender las primeras nociones de la lengua latina, y que, por su ignorancia, habÃa sido la desesperación de su maestro.
—Hay uno seguro —profirió Tréville, que tenÃa un barniz literario—, y por cierto que el otro dÃa me citó m. de la Benserade… ¡Ah!, ya lo recuerdo: «… Timeo danaos et dona ferentes». Que quiere decir: «Desconfiad de los enemigos que os hagan presentes».
—Este diamante no me lo ha dado un enemigo, sino la reina —dijo D’Artagnan.