Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡La reina! ¡Oh! ¡Oh! —repuso Tréville—. Efectivamente es una joya regia, que vale, por lo menos, mil pistolas.
¿Y por conducto de quién os ha hecho este presente la reina?
—Me lo dio ella misma.
—¿Dónde?
—En el gabinete contiguo al aposento donde mudó de tocado.
—¿Cómo?
—Dándome a besar la mano.
—¡Qué! ¿Vos habéis besado la mano a la reina? —exclamó Tréville mirando al mozo.
—Su majestad me ha hecho la honra de concederme esta gracia.
—¿En presencia de testigos? ¡Qué imprudencia!
—Tranquilizaos, señor, no lo vio persona alguna —profirió D’Artagnan, que contó enseguida al capitán de los mosqueteros lo que habÃa pasado.
—¡Oh! ¡Las mujeres! ¡Las mujeres! —exclamó el veterano—, las conozco en su imaginación exaltada; todo lo que huele a misterio las hechiza. Asà pues, habéis visto el brazo de la reina, y nada más, y si la encontraseis, no la conocerÃais, como ella no os conocerÃa a vos si os viera.
—No, pero gracias a este diamante… —repuso D’Artagnan.