Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Queréis que os dé un consejo de amigo?

—Me honraréis grandemente.

—Pues bien, entrad en casa de cualquier joyero y vendédselo por el dinero que os dé por él; por logrero que sea os entregará a cambio de esa joya ochocientas pistolas, por lo menos. Las pistolas no tienen nombre, amigo mío, y esa sortija lo tiene, y tan terrible, que puede perder al que la ostente.

—¡Vender esta sortija! ¡Una sortija que proviene de mi soberana! ¡Nunca! —exclamó D’Artagnan.

—Entonces volved el engarce hacia el interior de la mano, locuelo, porque todo el mundo sabe que un cadete de Gascuña no halla tales alhajas en el escriño de su madre.

—Entonces ¿estimáis que he de temer algo? —preguntó el mozo.

—Tanto, que el que se duerme sobre una mina cuya mecha está alumbrada debe sentirse seguro en comparación con vos.

—¡Diantre! —repuso D’Artagnan—, la convicción con que habláis empieza a ponerme inquieto; ¿qué hay que hacer?

—Estar siempre y principalmente ojo avizor. El cardenal tiene la memoria tenaz y la mano larga; creedme, os jugará una mala pasada.

—Pero ¿cuál?


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