Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Qué sé yo? ¿Acaso no tiene a su servicio todas las astucias del demonio? Lo menos que puede sucederos es que os prendan.
—¡Cómo! ¿Se atreverÃan a reducir a prisión a un hombre que sirve a su majestad?
—¡Pardiez! ¡No anduvieron con cumplidos con Athos! Como quiera que sea, creedme a mÃ, que hace treinta años que vivo en la corte: no os durmáis en vuestra confianza, o estáis perdido. Al contrario, ved enemigos en todas partes. Si os buscan quimera, evitadla, aunque sea un niño de diez años quien os la busque; si os atacan, sea de noche o de dÃa, batÃos en retirada y sin temor al oprobio; si cruzáis un puente, tantead las tablas, para que no se hundan bajo vuestros pies; si pasáis por delante de un edificio en construcción, mirad hacia arriba para que no os caiga una piedra en la cabeza; si os recogéis a deshora, que os siga vuestro lacayo, si lo tenéis, y que vaya armado. Desconfiad de todo el mundo, sea hermano, amigo o amante, sobre todo de vuestra amante.
—¡De mi amante! —repitió D’Artagnan maquinalmente y sonrojándose—; ¿y por qué de ella con preferencia a otra persona?