Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Porque la amante es uno de los medios predilectos del cardenal; no los tiene más expeditivos: una mujer vende a un hombre por diez pistolas, y sino ahà está Dalila, que no me dejará mentir. ¿Conocéis la Sagrada Escritura, vos?
D’Artagnan pensó en la cita que le diera mm. Bonacieux para aquella noche misma; pero en elogio de nuestro héroe, nos cumple decir que la mala opinión que su interlocutor tenÃa de las mujeres en general no le infundió la más leve sospecha contra su hermosa casera.
—Y ahora que recuerdo —exclamó m. de Tréville—, ¿qué ha sido de vuestros tres compañeros?
—Iba yo a preguntaros si sabÃais algo de ellos.
—Nada absolutamente.
—Pues sÃ, los dejé en el camino: a Porthos en Chantilly, liado a estocadas con no sé quién; a Aramis en CrèvecÅ“ur, con una bala en un hombro, y a Athos en Amiens, con una acusación de monedero falso sobre el cuerpo.
—¿Lo veis? —exclamó Tréville—; pero, y vos, ¿cómo escapasteis?
—Por milagro, señor, con una estocada en el pecho, y clavando a m. el conde de Wardes como una mariposa en una colgadura, en la cuneta de la carretera de Calais.