Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Lo veis? —repitió el capitán de los mosqueteros—; el conde de Wardes es primo de Rochefort y secuaz del cardenal. Pero se me ocurre una idea.
—Decid, señor.
—Yo en vuestro lugar harÃa una cosa.
—¿Cuál?
—Mientras que su eminencia me harÃa buscar por la ciudad, yo, a cencerros tapados, tomarÃa nuevamente el camino de Picardie a ver qué nuevas hay de mis tres amigos. ¡Qué diablos! Bien merecen aquellos esta atención de vuestra parte.
—Bueno es el consejo, señor, y mañana sin falta partiré.
—¿Y por qué no esta noche?
—Porque me retiene en ParÃs un asunto ineludible.
—¡Ah! ¡Joven! ¡Joven! ¿Algún amorcillo? Os repito que os andéis con tiento; la mujer es, ha sido y será siempre causa de la perdición de los hombres. Creedme, partid esta noche.
—Es imposible, señor.
—¿Habéis empeñado vuestra palabra?
—SÃ, señor.
—Eso es distinto; pero prometedme que si esta noche no os matan, partiréis mañana.
—Palabra.
—¿Necesitáis dinero?