Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —TodavÃa poseo cincuenta pistolas, que es, a mi ver, cuanto me hace falta.
—¿Y vuestros amigos?
—Supongo que tampoco andarán necesitados de dinero, pues al salir de ParÃs llevábamos cada uno de nosotros setenta y cinco pistolas en el bolsillo.
—¿Os veré de nuevo antes que partáis?
—Me parece que no, a no ser que ocurran novedades.
—Entonces, feliz viaje, amigo mÃo.
—Gracias, señor —dijo D’Artagnan, despidiéndose de Tréville, y conmovido como nunca por la solicitud paternal de este para con sus mosqueteros.
El mozo pasó sucesivamente por los domicilios de Athos, Porthos y Aramis, ninguno de los cuales habÃa regresado, como tampoco sus lacayos, ni se tenÃan noticias de unos ni de otros.
D’Artagnan hubiera tomado informes de sus amigos en casa de sus respectivas amantes, pero no conocÃa la de Porthos, ni la de Aramis, y Athos no tenÃa.
Al pasar por delante del cuartel de los guardias, el mozo lanzó una mirada a las caballerizas, y vio que de cuatro caballos tres estaban ya arrendados al pesebre.
Planchet, que, hecho un páparo, estaba almohazando ya el tercero, al ver a D’Artagnan, exclamó:
—¡Ah!, señor, ¡cuánto me alegro de veros!