Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Y eso? —el mozo.
—¿Tenéis confianza en vuestro casero?
—Ninguna.
—Hacéis bien, señor.
—¿A qué obedece esta pregunta?
—Obedece a que mientras vos estabais hablando con él, yo os observaba sin escucharos. Pues bien, el rostro de vuestro casero ha mudado dos o tres veces de color.
—¡Bah!
—Vos no lo habéis advertido, preocupado como estabais con la carta que acababais de recibir; pero yo, que estaba sobre aviso por el extraño modo como llegara la carta aquella, no he perdido un movimiento de su fisonomÃa.
—¿Y su fisonomÃa te ha parecido?
—Alevosa.
—¿De veras?
—Además, en cuanto vos os habéis despedido de él y doblado la esquina, ha cogido su sombrero, cerrado la puerta y echado a correr por la calle opuesta.
—En verdad, tienes razón, Planchet, todo eso es muy sospechoso; pero no temas, no le pagaremos el alquiler hasta que no lo veamos claro.
—Mi amo se burla, pero ya verá.
—Qué le haremos, Planchet, lo que ha de ser está escrito.