Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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XXIV

EL PABELLÓN

D’Artagnan llegó a las nueve al cuartel de los guardias, donde encontró a Planchet alerta y armado de un mosquetón y una pistola.

En las caballerizas estaba ya la cuarta cabalgadura. D’Artagnan, que ceñía espada, se puso al cinto un par de pistolas, y luego él y Planchet montaron sendos caballos y partieron silenciosamente en medio de las tinieblas de la noche y sin ser vistos.

Planchet siguió a su amo a la distancia de unos ocho o diez metros, sin que la acortara lo más mínimo mientras estuvieron en la ciudad; pero tan pronto el camino se hizo más desierto y oscuro, fue acercándose poco a poco hasta que a la entrada del bosque de Boulogne se encontró junto a su amo. En efecto, debemos no callar que la oscilación de los árboles y la luz de la luna en los sombríos sotos le causaban una vivísima inquietud.

—¿Qué hay, Planchet? —preguntó D’Artagnan, que advirtió que a aquel le pasaba algo extraordinario.

—¿No os parece, señor, que los bosques son como las iglesias?

—¿Por qué?

—Porque uno no se atreve a hablar en alta voz ni en los unos ni en las otras.


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