Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Y por qué no te atreves tú a hablar en alta voz, porque tienes miedo?

—De que nos oigan, sí, señor.

—¡De que nos oigan! Pero si nuestra conversación es moral, y nadie hallaría pero en ella.

—¡Ah!, señor —repuso Planchet, volviendo a su idea fundamental—, ese m. Bonacieux tiene en sus cejas y en las comisuras de sus labios no sé qué de marrajo y desagradable.

—¿Qué diablos te hace pensar en m. Bonacieux?

—Señor, uno piensa en lo que puede, no en lo que quiere.

—Porque eres un cobarde.

—Señor, no confundamos la prudencia con la cobardía; la prudencia es una virtud.

—Y tú eres virtuoso, ¿no es así?

—¿No es el cañón de un mosquete lo que brilla allá abajo, mi amo? Bajemos la cabeza.

—Al final —murmuró D’Artagnan, sacando su caballo al trote y refrescándosele en la memoria las recomendaciones de m. de Tréville—; al final, ese bruto acabará por infundirme miedo.

—Decidme, mi amo —preguntó Planchet, siguiendo el movimiento de D’Artagnan con la misma exactitud que si hubiese sido la sombra del mozo—, ¿acaso vamos a marchar de esta suerte toda la noche?

—No, porque tú ya has llegado.


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