Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Que yo he llegado! ¿Y vos, señor?
—Yo voy todavÃa un poco más allá.
—¿Y me dejáis solo aqu�
—¡Ah!, Planchet, tú tienes miedo.
—Os juro que no; lo que hay es que la noche va a ser muy frÃa, y el frÃo da romadizos, y un lacayo romadizado es un mal servidor, principalmente para un amo tan despierto como vos.
—Pues bien —repuso D’Artagnan—, si tienes frÃo, entra en uno de los figones que ves allá abajo, y mañana a las seis me aguardas en la puerta.
—Señor, me he comido y bebido respetuosamente el escudo que me habéis dado esta mañana, y no me queda un maldito sueldo por si me asalta el frÃo.
—Ahà va media pistola, y hasta mañana —dijo D’Artagnan, apeándose, echando las riendas de su cabalgadura sobre el brazo de Planchet y alejándose con rapidez mientras se envolvÃa en su capa.
—¡Brrú! ¡Qué frÃo! —exclamó Planchet en cuanto hubo perdido de vista a su amo.
Y anheloso de calentarse, el lacayo fue apresuradamente a llamar a la puerta de una casa adornada con todos los atributos de un figón de las afueras.