Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Entretanto, D’Artagnan, que se internara en un atajo, continuaba adelante y llegaba a Saint-Cloud; pero en vez de seguir la calle mayor, pasó por detrás del palacio, entró en una callejuela muy apartada, y enseguida se encontró frente al pabellón de marras, que por cierto se alzaba en sitio completamente solitario. El pabellón formaba esquina, y de él partían, por la parte de la callejuela, un extenso muro, y por la parte opuesta, un seto que defendía de los viandantes un huertecito al extremo del cual se alzaba una cabaña.
D’Artagnan había llegado al lugar de la cita, y como no le dijeran que anunciase con señal alguna su presencia, aguardó.
No parecía sino que aquel sitio estaba a cien leguas de la capital, tal era el silencio que en él reinaba.
D’Artagnan, después de haber lanzado tras de sí una mirada, se acercó al seto, y a través de él estudió el terreno con ojos escudriñadores. Más allá del huerto y de la cabaña, una niebla oscura envolvía la inmensidad en que duerme París, cuenca anchurosa en que brillaban algunos puntos luminosos, fúnebres estrellas de aquel infierno.
Sin embargo, a D’Artagnan todo se le presentaba bajo formas seductoras, todas las ideas le sonreían, y aun las tinieblas se le antojaron trasparentes; y es que dentro de poco iba a sonar la hora de la cita.