Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Efectivamente, segundos después partieron con lentitud diez campanadas de la ancha y mugiente boca del reloj de Saint-Cloud.
Aquella voz de bronce que se lamentaba de tal suerte en medio de la negrura tenía algo de lúgubre; sin embargo, cada una de aquellas horas, que en conjunto componían la hora esperada, vibró armoniosamente en el corazón del mozo, que tenía los ojos clavados en el pabelloncito que formaba la esquina del muro y del que estaban cerradas con postigos todas las ventanas, excepto una del primer piso.
A través de la ventana abierta brillaba una suave luz que plateaba el trémulo follaje de dos o tres tilos que se alzaban fuera del parque. Evidentemente, detrás de aquella ventanica tan graciosamente alumbrada estaba aguardando la mercera.
Mecido por tan grato pensamiento, D’Artagnan esperó todavía media hora sin impaciencia, con la mirada fija en aquella pequeña y hechicera mansión de la que él veía parte de las doradas molduras del techo, nuncio de la elegancia del resto de la habitación.
En el reloj de Saint-Cloud sonaron las diez y media.
En aquel momento, D’Artagnan, sin explicarse la causa, se estremeció. Quizás empezaba a apoderarse de él el frío y tomaba por una impresión moral lo que no era más que una sensación puramente física.