Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Luego, al mozo se le ocurrió que había leído mal, y que la cita no era para las diez, sino para las once. Para cerciorarse de ello se acercó a la ventana de modo que le diera la luz, sacó de su faltriquera la carta, y volvió a leerla; no se había equivocado: la cita era realmente para las diez.
D’Artagnan, ya desasosegado por aquel silencio y aquella soledad, se volvió a su acechadero, y al sonar las once empezó a temer verdaderamente que a mm. Bonacieux no le hubiese sucedido algún percance.
El mozo dio tres palmadas, señal común de los enamorados, y al ver que persona alguna le respondía, ni siquiera el eco, no sin despecho pensó que tal vez la joven se había dormido aguardándole.
Entonces D’Artagnan se acercó al muro e intentó encaramarse a él, pero como el muro estaba recién enjalbegado, el esperador se retorció inútilmente las uñas.
En esto nuestro gascón descubrió los árboles, de los que la luz continuaba argentando las hojas, y como uno de ellos tendía sus ramas por encima del camino, aquel tuvo por cierto que desde una de las ramas le sería fácil mirar dentro del pabellón.