Los Tres Mosqueteros

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El árbol no ofrecía dificultad; por otra parte, D’Artagnan tenía veinte años no cumplidos, y por consiguiente se acordaba de sus travesuras de muchacho. Lo cual quiere decir que en un santiamén estuvo en medio de las ramas, y que una vez encaramado en ellas buceó con sus ojos el interior del pabellón a través de los trasparentes cristales de la ventana. D’Artagnan se estremeció de pies a cabeza: aquella luz suave, aquella lámpara tranquila, alumbraba una escena de desorden espantosa; uno de los cristales de la ventana estaba roto, la puerta del aposento hundida y, medio astillada, pendía de sus goznes; se veía una mesa derribada por el suelo que debía de haber estado cubierta con delicada cena; por todas partes estaban sembrados fragmentos de frascos y frutas aplastadas: testimonio evidente de que aquel aposento había sido teatro de una lucha violenta y desesperada.

D’Artagnan, a quien le pareció ver también, en medio de aquella extraña confusión, trozos de vestido y algunas manchas de sangre en los manteles y colgaduras, bajó apresuradamente del árbol y, pábulo de conmoción tremenda, quería ver si encontraba otras huellas de violencia.




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