Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al tenue resplandor de la lámpara, que seguía brillando en medio de la quietud de la noche, D’Artagnan reparó en lo que primeramente no viera por la sencilla razón de que nada le excitara a tal examen: en el suelo, trillado acá, y acullá cuajado de pequeños hoyos, se veían huellas confusas de pisadas de hombres y caballos; además, un coche, que al parecer procedía de París, había abierto en la reblandecida tierra profundísimas rodadas que no iban más allá del pabellón y tomaban nuevamente la dirección de la capital.
Prosiguiendo sus investigaciones, D’Artagnan dio por fin, junto al muro, con un guante de mujer desgarrado. Aun así, aquel guante era de una frescura irreprochable allí donde no había tocado la cenagosa tierra; era uno de esos guantes perfumados que los amantes se complacen en quitarlos de una mano linda.
A medida que el mozo proseguía sus investigaciones, por la frente le corría un sudor más copioso y más frío, sentía el pecho oprimido por una terrible angustia, y por momentos su respiración se hacía más jadeante.
Sin embargo, D’Artagnan, para tranquilizarse, quería darse a entender que aquel pabellón nada tenía de común con mm. Bonacieux; que esta le había citado delante del pabellón, no dentro de él, y que la habían detenido en París atenciones del servicio o los celos de su marido.