Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Pero todos esos razonamientos se derrumbaban pulverizados, batidos en brecha por ese presentimiento doloroso que en ciertas circunstancias se apodera de nuestro ser y nos grita, por boca de todos los órganos que en nosotros están destinados a comprender, que encima de nuestra cabeza se cierne una gran desventura.

Entonces D’Artagnan, casi fuera de juicio, echó a correr por la carretera, tomó hacia el camino que al venir, avanzó hasta la barca, e interrogó al barquero.

Este le dijo que a las siete de la tarde había trasladado de una a otra orilla a una mujer tapada y que, al parecer, tenía vivo interés en no ser conocida; precauciones que precisamente le despertaron la curiosidad, y por el hilo de sus observaciones sacara el ovillo de que aquella mujer era joven y hermosa.

En aquel tiempo, como hoy, eran muchas las mujeres jóvenes y hermosas que iban a Saint-Cloud y tenían interés en no ser vistas, y, sin embargo, D’Artagnan tuvo por indiscutible que la mujer que llamara la atención del barquero era mm. Bonacieux.

D’Artagnan aprovechó la lámpara que ardía en la choza del barquero para leer nuevamente el billete de la mercera y cerciorarse de que no se había equivocado, es decir, de que la cita era realmente en Saint-Cloud, frente al pabellón de Estrées y no en otra parte.


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