Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Todo concurría a probar al mozo que sus presentimientos no le engañaban y que había acaecido una gran desventura.

D’Artagnan se encaminó de nuevo, corriendo, al palacio; y es que tenía la impresión de que durante su ausencia quizás habían ocurrido novedades en el pabellón y de que allí le aguardaban noticias.

La callejuela continuaba desierta, y de la ventana salía la misma claridad tenue y tranquila.

D’Artagnan pensó entonces en aquella cabaña muda y ciega, pero que indudablemente había visto y tal vez podía hablar.

Como la puerta del huerto estaba cerrada, el mozo salvó el seto y, pese a los ladridos de un can encadenado, se acercó a la cabaña y llamó.

Nadie respondió a este primer llamamiento; como en el pabellón, en la cabaña reinaba un silencio sepulcral; no obstante, como aquella cabaña era el último recurso del que podía valerse D’Artagnan, este llamó con obstinación.

Pronto le pareció al mozo oír un ligero ruido interior, ruido temeroso, y que parecía estremecerse de ser oído.


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