Los Tres Mosqueteros

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Entonces D’Artagnan cesó de llamar y rogó con acento tan preñado de inquietud y de promesas, de terror y de mimo, que su voz era para tranquilizar al más miedoso. Por fin un viejo y carcomido postigo se abrió, o más bien dicho se entreabrió, para cerrarse otra vez e inmediatamente tan pronto la luz mortecina de una mísera lámpara que estaba ardiendo en un rincón hubo iluminado el tahalí, la empuñadura de la espada y la culata de las pistolas de D’Artagnan. Aunque rápido como el rayo fue el abrir y el cerrar del postigo, el mozo tuvo tiempo de columbrar la cabeza de un anciano.

—En nombre de Dios misericordioso —dijo D’Artagnan—, escuchadme: estoy aguardando a cierta persona que no viene, y me roe la zozobra. ¿Habrá ocurrido alguna desventura por estos alrededores? Hablad.

La ventana volvió a abrirse con lentitud, y de nuevo apareció la misma cabeza, pero ahora más pálida que la vez primera.

D’Artagnan contó con ingenuidad su historia, cambiando los nombres, añadiendo que tenía cita con una mujer frente al pabellón, y que no viéndola venir se había encaramado en un tilo y desde él y a la luz de una lámpara visto el desorden que reinaba en el aposento.


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