Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El anciano le escuchó con atención, mientras hacía señas de que realmente era tal cual se lo estaba contando su interlocutor; y cuando D’Artagnan hubo concluido, movió a uno y otro lado la cabeza con ademán que nada bueno presagiaba.

—¿Qué queréis decir? —exclamó nuestro gascón—; explicaos, por favor.

—¡Oh! —repuso el anciano—, nada me preguntéis, señor, porque si os dijera lo que he visto, es seguro que me sucedería alguna desgracia.

—¿Conque habéis visto algo? —profirió D’Artagnan, arrojando una moneda al anciano—. En este caso, os ruego con toda mi alma que me digáis qué, y os doy palabra de que ni una sola de las vuestras saldrá de mi corazón.

El anciano leyó tanta franqueza y dolor en el rostro de D’Artagnan, que le hizo seña de que lo escuchara.

—Eran poco más o menos las nueve —prosiguió en voz baja el de la cabaña—, cuando oí rumores en la calle y, deseoso de saber qué ocurría, me he acercado a la puerta y he advertido que alguien intentaba entrar. Como estoy pobre y no temo que me roben, he abierto y he visto tres hombres a pocos pasos de aquí. En la penumbra había una carroza con un tronco enganchado, y algunos caballos de mano, que era evidente que pertenecían a los tres hombres, que vestían traje de montar.


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