Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros »“¿Qué se les ofrece a sus mercedes?”, les he preguntado.
»“Es probable que poseas una escalera”, me ha dicho el que parecía jefe del piquete.
»“Sí, señor, la que me sirve para coger mi fruta”.
»“Pues dámela y vuélvete adentro; ahí un escudo por la molestia. Escucha, ten presente que si dices una palabra de lo que vas a ver y a oír, pues estoy seguro de que no valdrán nuestras amenazas para que dejes de mirar y escuchar, no hay remedio para ti”.
»Tras estas palabras, aquel hombre me ha arrojado un escudo, que yo he recogido, y se ha llevado mi escalera.
»Efectivamente, después de haber cerrado tras de sí la puerta del seto, he hecho como que me volvía a casa, pero al punto he vuelto a salir por la puerta trasera y, deslizándome por la sombra, he llegado hasta aquella mata de saúcos, desde el corazón de la cual me era fácil ver sin ser visto.
»Los tres hombres han hecho avanzar silenciosamente el coche, del que ha salido un hombrecillo grueso, bajo, entrecano y con un mísero traje de color oscuro; este hombrecillo ha subido con precaución la escalera, ha lanzado una mirada de socarronería al interior del aposento, ha bajado nuevamente de puntillas, y ha dicho en voz baja: “Es ella”.