Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Conque lÃa nuestro petate y andando; yo tomo la delantera, con las manos en el bolsillo para no despertar sospechas. Vente luego al cuartel de guardias. ¡Ah!, se me olvidaba, me parece que has estado en lo firme respecto de nuestro casero y que realmente es un canalla de la peor ralea.
—Lo cual significa, señor, que haréis bien en dar crédito a mis palabras; ¡vaya si soy yo un buen fisonomista!
Según lo acordado, D’Artagnan tomó la delantera, y para no tener nada que echarse en cara, se encaminó por última vez a las respectivas viviendas de sus amigos: nada se sabÃa de ellos; solo habÃa llegado a casa de Aramis una carta perfumada y de elegante sobrescrito. Se encargó de ella D’Artagnan, a quien diez minutos después se reunió Planchet en el cuartel de los guardias.
A fin de no perder minuto, nuestro gascón habÃa ensillado ya por su propia mano su caballo.
—Está bien —dijo D’Artagnan a Planchet una vez este hubo juntado el portamanteo al equipo—; ahora ensilla los otros tres caballos y en marcha.
—¿Os parece, mi amo, que andaremos más aprisa montados cada uno en dos caballos? —preguntó Planchet con ademán marrullero.