Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El posadero, al ver a un joven seguido de un lacayo y de dos caballos de mano, salió respetuosamente a la puerta. Ahora bien, D’Artagnan, que ya había hecho once leguas, juzgó del caso detenerse, estuviese o no Porthos en la posada. Además, tal vez no era prudente preguntar de antuvión qué había sido del mosquetero. El resultado de estas reflexiones fue que D’Artagnan, sin informarse de cosa alguna, se apeó, dejó al cuidado de Planchet los caballos, entró en un aposentito destinado a los que deseaban estar solos, y pidió al posadero una botella del más generoso vino que en la casa hubiese y un almuerzo de lo mejor posible, petición que contribuyó a corroborar el aventajado concepto que de buenas a primeras formara aquel del viajero.

Así es que D’Artagnan fue servido con prontitud milagrosa.

Como el regimiento de los guardias se reclutaba entre la primera nobleza del reino, y D’Artagnan, seguido de un lacayo y viajando con cuatro soberbios corceles, pese a la sencillez de su uniforme, no podía menos de dar golpe, el posadero se empeñó en servirle personalmente; de lo cual se aprovechó nuestro héroe para hacer que trajeran dos vasos y entablar la conversación siguiente.


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