Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—A fe mía, mi querido posadero —dijo D’Artagnan, llenando los dos vasos—, que de no haberme servido el mejor vino de la casa vais a recibir el castigo por do habéis pecado, pues, como detesto beber solo, os toca beber conmigo. Tomad ese vaso y bebamos; pero ¿a qué beberemos para no herir delicadezas? A la prosperidad de vuestra posada.

—Vuestra señoría me honra grandemente —profirió el posadero—, y le doy las más expresivas gracias por sus buenos deseos.

—Pero no os engañéis —repuso D’Artagnan—, quizá mi brindis incluye más egoísmo que no imagináis; únicamente en las posadas prósperas le reciben bien a uno; en las que van de capa caída todo anda como Dios quiere, y el viajero es víctima de la penuria del posadero. Ahora bien, como yo viajo mucho y particularmente por este camino, querría que todos los posaderos prosperaran.

—Realmente —dijo el posadero—, me parece que no es esta la primera vez que tengo la honra de ver a vuestra merced.

—Por lo menos he pasado diez veces por Chantilly, y de las diez, tres o cuatro he posado en esta casa. Mirad, hace unos diez u once días que estuve aquí con unos amigos, mosqueteros, y por más señas que uno de ellos se lió de palabras con un extraño que le buscó no sé qué quimera.


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