Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es verdad —profirió el posadero—, lo recuerdo como si fuese ahora. ¿No se refiere a m. Porthos vuestra señorÃa?
—Asà se llamaba mi compañero de viaje. Decidme, ¿le sucedió alguna desgracia?
—Vuestra señorÃa ya debió de notar que su compañero no pudo continuar el viaje.
—Efectivamente, no volvimos a verlo por más que nos prometiera que se nos reunirÃa.
—Nos ha hecho la merced de quedarse aquÃ.
—¡Cómo! ¿Os ha hecho la merced de quedarse aqu�
—SÃ, señor, en esta posada; y, por cierto, que estamos sumamente intranquilos.
—¿Por qué?
—Porque ha hecho algunos gastos…
—Y los pagará —interrumpió D’Artagnan.
—¡Ah!, señor, me quitáis un gran peso de encima. Hemos hecho cuantiosos anticipos, y esta mañana misma el cirujano nos ha advertido que si m. Porthos no le pagaba, me reclamarÃa a mà el dinero que se le adeuda, alegando que soy yo quien lo envié a buscar.
—¿Entonces m. Porthos está herido?
—No lo sé, señorÃa.
—¡Cómo no lo sabéis! Sin embargo, me parece que no hay quien pueda estar mejor informado que vos.