Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, pero en nuestro estado nunca decimos cuanto sabemos, señor, máxime cuando se nos ha advertido que nuestras orejas respondÃan de nuestra lengua.
—¿Puedo ver a Porthos?
—SÃ, señor; subid la escalera, y al llegar al primer piso llamad a la puerta del número uno. ¡Ah!, os aconsejo que digáis que sois vos.
—¿Y eso?
—Porque de lo contrario podrÃa sobreveniros algún disgusto.
—¿Y qué disgusto queréis que me sobrevenga?
—M. Porthos puede tomaros por alguno de la casa, y en un arrebato de cólera atravesaros de parte a parte o levantaros la tapa de los sesos.
—¿Qué le habéis hecho, pues?
—Le hemos pedido dinero.
—¡Ah!, diablos, comprendo; siempre que se halla sin blanca recibe Porthos pésimamente tales peticiones; pero yo sé que llevaba bien herrada la bolsa.
—Asà lo creÃmos también nosotros, señor; como la casa hace con suma regularidad todas sus operaciones, quiero decir, como extendemos semanalmente las cuentas, al cabo de ocho dÃas le presentamos la suya; pero por lo que se ve lo hicimos en mala ocasión, porque no bien le dijimos a qué Ãbamos, nos envió en hora mala. Verdad es que en la vÃspera m. Porthos habÃa jugado.
—¡Jugado! ¿Y con quién?