Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Vos?
—Yo.
—¿Y cómo la habéis conocido?
—Si yo pudiese confiar en vuestra discreción…
—Palabra que no tendréis que arrepentiros de vuestra confianza.
—Pues bien, ya comprenderá vuestra merced que la inquietud incita a hacer muchas cosas.
—¿Qué habéis hecho?
—Nada a que no tenga derecho un acreedor.
—Pero bueno, ¿qué?
—Como m. Porthos no podÃa salir de su cuarto, y Mousqueton aún no habÃa llegado, aquel, que no tenÃa más remedio que encargarme sus comisiones, me entregó una carta para la duquesa, encomendándome que la echara en el buzón.
—¿Y qué más?
—Pues bien, ¿yo qué hice? En vez de confiar la carta al correo, que nunca es del todo seguro, aproveché la ocasión de que uno de mis muchachos debÃa salir para ParÃs, y le ordené que la entregase en propia mano. ¿Era o no era esto dar cumplimiento a las intenciones de m. Porthos, tanto más cuanto nos encomendara la carta con tan vivas instancias?
—Casi, casi.
—Pues bien, ¿sabe vuestra merced quién es esa dama de tantas campanillas?