Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, señor; cinco dÃas después de haber partido, regresó de un humor de mil demonios; parece que también él ha tenido alguna desazón en su viaje. Por desgracia, es más avispado que su amo, lo cual hace que para este lo revuelva todo de arriba abajo y tome sin pedir cuanto necesita, ya que, según su parecer, podrÃan negarle lo que pidiese.
—La verdad es —profirió D’Artagnan— que siempre he notado en Mousqueton una devoción y una inteligencia notables.
—Puede —repuso el posadero—, mas como solo me encontrase yo cuatro veces al año en contacto con una inteligencia y una devoción parecidas, estaba aviado, como hay Dios.
—No, porque Porthos pagará.
—¡Buf! —repuso el posadero en tono de duda.
—Es el favorito de una dama principalÃsima que no le dejará en la estacada por una bicoca como la que os está adeudando.
—Si yo me atreviera a decir lo que opino sobre el particular…
—¿Lo que opináis?
—Más claro, lo que sé.
—¿Lo que sabéis?
—Lo de que estoy certÃsimo.
—¿Y de qué estáis certÃsimo? Vamos a ver.
—De que conozco a esa dama tan principal.