Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Entonces —continuó el posadero—, le envié a decir que desde el punto y hora en que al parecer estábamos destinados a no entendernos respecto del pago, esperaba que por lo menos me harÃa la merced de conceder el favor de su pupilaje a mi cofrade el dueño del Aigle d’Or; pero m. Porthos me respondió que como mi posada era la mejor, en ella se quedaba. Esta contestación era demasiado halagüeña para que yo insistiera respecto de su partida; asà pues, me limité a rogarle que desocupara la habitación, que es la mejor de la posada, y se contentase con un lindo y pequeño cuarto del tercero. Pero a esto m. Porthos replicó que como estaba aguardando de un momento a otro a su amante, que era una de las damas de más viso de la corte, yo debÃa comprender que la habitación que él me hacÃa la honra de habitar en mi casa era aún mucho menos que mediana para una persona tan encumbrada. Sin embargo, y por más que conocà la verdad de lo que él decÃa, creà deber insistir; pero m. Porthos, sin tomarse siquiera la molestia de entrar en discusión conmigo, cogió su pistola y la puso sobre la mesa, diciendo que a la primera palabra que le dijesen respecto de trasladarse fuera de la casa o a otra habitación de ella, levantarÃa la tapa de los sesos al que cometiera la imprudencia de meterse en un asunto que no atañÃa más que a él. Asà es que desde entonces solo Mousqueton entra en su cuarto.
—¿Conque Mousqueton está aqu�